El Premio Desafío culminó hoy. Ya no está su mecenas, Jorge Cura.; ya ha partido Fabriciano. La maravilla es que sus espíritus permanecen y nuevas generaciones que tal no alcanzaron a conocerlos, quedan impregnados por sus gestos y sus ideales. El empresario Cura, como mecenas del Desafío y Fabri como el inspirador.
Imagínense: Estudiantes avanzados de arte de distintas provincias del país que llegan a este predio trascendido de escultura. Cuánto para pispear y aprender de estos escultores del mundo y escultores invitados con solo mirarlos; cuánta experiencia en esa lid de estar 48 horas domando al quebracho y aprendiendo el costo, el sacrificio, la superación del cansancio, la resiliencia, e incluso, el sabor de la victoria y la derrota, dos caras de una misma moneda…
En la primera noche hubo un párate para los concursantes que se amucharon en un fogón
En un tacho de Stihl –quien provee las motosierras y capacita a los competidores-, cada equipo debía buscar de su box un taco de madera que alimentaba el fuego y pedir un deseo. Un rito, con mucho símbolo. Se recordó que en cada edición, Fabriciano y Jorge visitaban esa noche de vigilia para darles un aventón, un buen consejo, tal vez una charla informal. El aditivo de la amistad era también un valor a considerar. Y como las chispas de la fogata salieron recuerdos y anécdotas de los días idos.
Un dato de extensión: Uno de los jóvenes comentó que fue un momento hermoso, la posibilidad de compartir y conocerse porque sienten íntimamente que de algún modo, volverán a compartir la experiencia de un torneo, una competición. Lo saben, ellos son el semillero, la continuidad, los escultores del mañana.


