Pareciera un edificio abandonado, pero adrede: un lugar, un refugio, un sitio donde pueda descansar alguien al pasar, una persona de la calle, un niño, o simplemente alguien que se detiene por un momento. Las sombras proyectan calma al mediodía del domingo sobre el mármol, se dilatan más allá de sus formas y se mueven según el sol. En el predio, son dos las esculturas las que no tienen pedestal y ésta es una de ellas. El autor, Mauricio Gajardo, así lo decidió. También decidió dejar las marcas naturales del mármol, no tapó su porosidad ni sus lastimaduras y alrededor de ellas fue tallando.
En una de sus caras, sin ocultar, se observa la herida natural y el desperfecto, como mostrando lo que comúnmente se suele tapar, por verguenza o simple vanidad. Y esa cara es netamente visible para el visitante que recorre la bienal, el cuadrilatero donde durante una semana los escultores trabajaron hasta dar forma a la idea que trajeron. Hoy, ese espacio de trabajo ya está calmo, anoche terminó el certámen y mencionaron a los ganadores.
Las paredes del Cubo Etéreo no son herméticas, carece de cara superior. En alguna de las tantas fotos que sacaron al autor, aparece Guajardo dentro de su obra y la idea de él es esa: “habitar la piedra”. Todos lo pueden hacer y lo harán cuando se emplace la escultura en la ciudad. En los cuatro lados de ese cubo, no dejó uno de ellos sin abrirlo, la obra no está cerrada sino abierta, porque el arte no debe estar encerrado, no debe disfrutarse de esa manera, debe abrirse al público: hay que abrir el cubo.
Guajardo también se parece a esta idea: al menos durante la semana que duró el certámen de la Bienal Internacional de Escultura, se lo vio atento y colaborativo con sus colegas, paseándose de un lado para otro, ayudando a los demás, como si fuese que él salió de ese cubo para darse.
“Es como un banco de plaza” dice alguien al pasar y concluye… “Está bueno”.
En el suelo, un pequeño cartel de dos colores reza: 1° Premio.



