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El resultado de un sueño y sus guardianes

Corría el siglo XX y había un resistenciano con un sueño: tener un simposio de escultura en su provincia natal, en su ciudad capital, en su plaza central: la Plaza 25 de Mayo. Ese chaqueño tenía un nombre, no poco particular, y era Fabriciano Gómez. Una palabra-mantra del acervo de la provincia y del evento cultural más importante del país, la Bienal Internacional de Escultura del Chaco. A Fabriciano no se lo nombra, se lo invoca, y eso expresa la talla del hombre y del sueño, de un sueño de infinito crecimiento.

1988 fue el año en el que se realizó el primer simposio de escultura en la Ciudad de Resistencia. El elemento a desentrañar era la madera y el capataz de la hazaña era Fabriciano. Un escultor que pudo haber permanecido en su estadía europea, viendo con ojos puros la escultura milenaria italiana, en destierro propio de su tierra. Fabriciano participó, con ancho protagonismo, en simposios de toda Europa y el norte del continente americano, pero algo lo llamaba en canto paterno: su terruño, su Chaco.

La ciudad de veredas ajardinadas, la ciudad de las esculturas, la ciudad en la que se hace la Bienal de Escultura: los apodos de Resistencia siempre hablan de su corazón y la característica que la distingue. Su joven edad no le impidió generar un nombre y una historia ya con porte de gigante. Una historia trazada por sueños y escrita por quienes los cuidan, herederos de un poder que pertenece a la gente.

A 38 años de su primera edición, la Bienal Internacional de Escultura parece estar siempre pisando una frontera. Suena a cliché o a repetición cuando se narra: “esta fue la mejor Bienal de todas”. Podría ser este, también, un mantra de la Fundación Urunday, elemento guardián que mantiene viva la antorcha que alguna vez supo encender Fabriciano con sus manos y las manos de todo el pueblo chaqueño. Esta edición, con su centro en el simposio internacional de escultura, supo recibir a más de un millón seiscientas mil personas en sus ocho días de duración. Retuvo, climatológicamente, todas las estaciones, dentro de nuestra ciclotimia meteorológica que nos caracteriza, una patología que no detuvo ni por un segundo a los asistentes que recorrían día y noche el predio, viendo cómo el mármol se hacía obra.

Esta edición de la Bienal contuvo todo y más de lo que constituye siempre a todas las anteriores: el simposio de escultores internacionales, escultores invitados, el Premio Desafío “Hierros Líder”, paseo de artesanos nacionales seleccionados, el paseo de maestros artesanos de pueblos originarios, propuestas escénicas que duraban todo el día como en el Escenario Galatea, el pulso nocturno del Escenario Central con sus figuras convocantes, la cúpula sonora del Domo del Centenario, la itinerancia de Agitá la Bienal llevando la música a los barrios, el canto y la memoria de Madre Canción, el sabor propio de la propuesta gastronómica, la voz y las manos de un equipo de traducción que hizo del predio un lugar sin fronteras de idioma, un plan de accesibilidad pensado para que nadie quedara afuera del sueño, el sistema de votación pública que le devolvió al pueblo la potestad de elegir su obra, la mirada de embajadores extranjeros recorriendo el predio, y la algarabía infantil votando también su propia escultura.

Y entre guardianes, hay uno que merece nombre propio y no solo la sombra del recuerdo: Mimo Eidman. Pocos lo dicen en voz alta, pero Mimo no llegó a la dirección artística de la Bienal por herencia simbólica solamente: llegó porque estuvo ahí, codo a codo con Fabriciano, tallando hielo bajo el frío japonés de Sapporo, en 1998, integrando aquel mismo equipo que volvía con medallas como quien trae piedras preciosas escondidas en el bolsillo. Ella no heredó el sueño de Fabriciano de oídas: lo vivió con las manos heladas y los ojos abiertos, en la misma nieve, en el mismo desvelo. Por eso, cuando hoy se la nombra al frente del sueño, no hay nada de casualidad: hay una posta que se entregó en el momento justo, entre dos manos que ya sabían cómo sostener un cincel.

Fabriciano murió en 2021, pero morir, para los sueños grandes, es apenas un cambio de custodios. La Bienal de 2026 —esta que reunió a un millón seiscientas mil personas, que sostuvo simposios, ferias, escenarios y voces bajo el mismo cielo caprichoso del Chaco— no fue una repetición del milagro de 1988: fue su consecuencia natural, la prueba de que un sueño bien cuidado no se apaga, se multiplica. Resistencia sigue siendo, después de todo, la ciudad que un resistenciano soñó en una plaza, y que un pueblo entero decidió no dejar dormir.

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