Crónica de un emplazamiento

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Siento una mano pesada y firme en el hombro derecho. Estaba, yo, casi al borde del predio de trabajo, mirando una obra echada que parecía dormir el sueño de los grandes. Guido, me dice, es Ceferino que saluda y pasa, agachándose, por abajo de la cinta que funciona como frontera ficticia entre el público y los escultores internacionales, y se reúne con su grupo de trabajo que serán cuatro o cinco o seis personas, todo depende de qué se necesite. La obra que duerme es “Dualidad en movimiento”, de José Cabello Millán, escultor español, que observa su escultura de mármol travertino como quien mira a un animal querido.

Hay algo conectado con las raíces del arte que ocurre siempre sobre el final de las bienales y se llama emplazamiento: poner de pie la obra, erguirla, para que sea juzgada por los jueces y el público. Un trabajo ancestral que vincula al artista, los ayudantes y a quienes están en el predio, tensionados por la delicada tarea.

522 años atrás, Da Vinci, Botticelli, Lippi, se batían en duelo mental sobre el traslado del David de Miguel Ángel, que debía llegar desde el taller hasta la Piazza della Signoria, donde iba a ser emplazado. Se construyó una estructura de madera con forma de jaula o “almena” que envolvía y sostenía la estatua, de 5,17 metros de altura y unas 5,5 toneladas de peso. Una vez asegurada dentro de esa armazón con numerosas cuerdas, la movieron sobre rodillos de madera, tirando de ella con poleas y la fuerza de más de cuarenta hombres. El traslado comenzó la noche del 14 de mayo de 1504, y necesitaron cuatro días —o más bien cuatro noches— para completarlo, dada la cantidad de problemas que fueron surgiendo en el camino.

Ceferino, tumbado en el piso, revisa y mide dónde atar las sogas para que el traslado logre equilibrio. La pequeña grúa eleva, con mucho cuidado, a “Dualidad en movimiento”. Guajardo, escultor chileno que también compite, enciende un cigarrillo y se trepa al montacargas para estratificar con la praxis que solo un escultor puede tener, la seguridad de la obra de un colega. La gente, en silencio, observa el evento en nervio compartido. “Negra”, una de las perras del predio, se echa y mira cómo la obra desciende milímetro a milímetro hacia el bloque de mármol en el cual quedará posada para la eternidad. Hay aplausos y comentarios. Hay suspiros de tranquilidad y emoción. Hay, en este ritual que signa la última jornada de trabajo de los escultores, un culto ancestral que acarrea a la humanidad y que nos une en el arte.

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