Crónica 1: El perfume del remanso

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La noche de bienvenida tuvo en la voz de Mimo Eidman –como directora artística de la bienal, la bienvenida a los escultores. Resultó clara como remanso, contundente como cause y atravesado de profundidad como remolinos de agua.
En la brevedad dijo todo lo que los escultores debían saber, respondiendo a los “por qué”. Por qué el maridaje de la escultura con el ser chaqueño; por qué la bienal; por qué el mandato.
Usó conceptos necesarios para el presente: humanismo, la escultura como historia e identidad, la escultura que une de una manera extraordinaria.
Y concluyó poniendo en el sitio puntual, en la jerarquía exacta a su entrañable amigo, su coequiper, su colega, su par. Con ese auto de fe fueron recibidos los forasteros.
Otro cantar, el himno compuesto por el maestro Alejandro Acosta, con un ensamble junto al coro qom. La idea de viaje de lo arcáico a la contemporaneidad tuvo su imagen excelsa en el momento en que el violín europeo y el violín qom se unieron amorosamente. Superlativo.
A posteriori y como manda la tradición, la primera cena tuvo el agasajo del Fogón de los Arrieros, con breves discursos a la manera fogonera y referencias sobre los lazos insoslayables entre la FU y la institución creada por los hermanos Boglietti.
Después, voilá! llegó la comida encumbrada en un surubí que estuvo “para chuparse los dedos”, de la chef Natalia Insaurralde y equipo.
¿Que cómo terminó la noche? Con un tangazo, “Tiempos viejos” interpretado por el presidente del Fogón, el doctor Moscatelli.
Y así terminó el día 1 que tuvo olor a preludio. Porque este sábado arrancaba la faena de engendrar una obra de arte. Pero ése es cuento para la crónica del día 2.

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