Traductores y traductoras para el entendimiento
Detrás de cada escultor internacional que trabaja día y noche en el Predio Bienal Internacional de Escultura 2026 hay una traductora resolviendo, en tiempo real, el idioma técnico de las herramientas, los repuestos y las medidas que ese escultor necesita. Nati es una de ellas, y cuenta que la preparación arranca meses antes de que empiece la Bienal: “la primera preparación, la más dura, es cuando uno comienza”, explica. El trabajo consiste en armar un listado de las herramientas que cada escultor va a usar, y todo lo que no se sabe, se busca: “lo que no sabemos, lo googleamos”, cuenta, entre risas, para poder estar listas apenas alguien necesite algo.
Con el grupo de escultores de esta edición, dice, la conexión fue inmediata: “es un grupo maravilloso, la verdad que tenemos muy buena onda”, asegura Nati, aunque reconoce una excepción entrañable. Uno de los escultores solo habla ruso, sin una palabra de inglés, y con él la comunicación se redujo a lo esencial: “Problem”, “Where”, “Okay”, enumera Nati, entre risas, lamentando no poder tener una charla más profunda con “una persona sumamente agradable”. Aun así, asegura, “con sonrisas y con gestos, igual nos comunicamos”. Además también tenemos dos compañeras que hablan ruso.
Más allá del idioma técnico, hay algo que las traductoras van armando junto a un equipo de coordinación desde meses antes: en abril ya empiezan a movilizarse, compartiendo entre ellas y con su coordinadora la información de cada escultor, quién es, de dónde viene y de qué se trata su obra, aunque el detalle fino siempre termina de completarse cara a cara, ya en el predio. Y sobre el día a día, Nati no duda: “es hermoso, yo disfruto esto un montón”, dice, y asegura que deja de lado sus tareas diarias con tal de estar ahí, en un grupo de traductoras que se ayudan constantemente entre sí, entre bromas, gestos y una buena dosis de humor compartido con los escultores del mundo.


