¿Qué no hubiéramos dado por descubrir las cuevas de Altamira? ¿que, en otro caso, no hubiéramos dado por encontrarnos, de repente, con la duda? El arte perdido de nuestros antepasados es el arte retomado por nuestros contemporáneos. Un suerte de practica atávica en la cual se nos revela nuestra única naturaleza: la humana. El Salón de de artesanos nacionales seleccionados, frente al predio en donde los escultores internacionales esculpen en vivo sus obra en mármol, es un espacio en donde la historia parece latir en presente continuo. Vitrales, joyas, platería, marroquinería, instrumentos de uso diario que se crearon con manos, las mismas manos vivas de siempre. Se dice, a caballo entre la ficción y la realidad, que la historia de la cerámica tiene dos puntos claves en su cartografía: China y la Mesopotamia, dos civilizaciones que tienen, por lo menos, mas de 20.000 años de antigüedad. Dos puntos en el mapa: ¿Qué no hubiéramos dado por tocar por primera vez ese barro milenario?.
Olga Tarditti es de Córdoba y habla como mira, con la cadencia encantadora de una narradora del viejo mundo. Da vida con sus manos a lo que ella llama objetos con una finalidad practica que pretenden ser únicos. Algunos están firmados, tienen fechas, números, marcas y otros parecen ser la vasija mas prolija que haya vivenciado el hombre de a pie. Nos cuenta que nunca había venido a Chaco, que la sorprende la calidad de los artesanos, la selección, la receptividad de la gente que, curiosa, pregunta y compra. Se sorprende y recalca que en la Bienal hay lugar para todos y todo convive: la danza, la escultura, la música, la gastronomía. Narra, también, con la paciencia de alguien a la cual el tiempo no la apura, un viaje al norte del país que se le revelo como destino: “Conocí el Museo de Santa María. Ahí se me abre un mundo, y cuando vuelvo me hago un hornito a leña y empiezo a trabajar. Desde el día cero, siempre fue a tiempo completo. Me fui cambiando de casa, me fui haciendo distintos hornos —ahora trabajo con hornos eléctricos, y tengo el proyecto de un horno a leña de alta temperatura”. Nos cuenta, también, sobre el infinito y sus materiales: “La cerámica es tan amplia que nunca se agota: trabajé terracota, trabajé loza, trabajo gres, trabajo porcelana, y siempre hay ventanitas que se abren. Es un camino al infinito, fantástico, maravilloso: permite explorar, investigar, jugar.”
Una mujer interrumpe y pregunta por un contacto, por una tarjeta, para no perderle el rastro a la obra de Olga. Ella sonríe, impertérrita y responde que si, extendiéndole en la mano un QR para que la contacte. A su vez volvemos y hacemos una ultima pregunta, basal, y cito, Olga: ¿cuál sentís que es tu pieza favorita?: creo que la cerámica es una gran maestra que nos enseña sobre el desapego y a trabajar nuestras frustraciones, porque no todo lo que pretendemos sale. Es un gran ejercicio: la cerámica es la maestra que nos pone en situación de aceptación, de reconocer que tenemos errores, virtudes, capacidades, pero que también podemos fallar. Y en ese desapego que uno trabaja, yo también entendí —como vivo de mis producciones, la cerámica es mi modo de vida— que las piezas tienen que circular, y yo quiero que las más lindas lleguen a manos de alguien que las disfrute. Puede ser que tenga una escultura, una o dos piezas que sí se quedaron en mi radio, porque son muy especiales. Pero por lo general las piezas más lindas se van inmediatamente, y están por el mundo, y las está disfrutando alguien. Y eso está bien que así sea, porque además la cerámica es matérica, es voluminosa: si yo no tuviera desapego, tendría mi casa y mi taller explotados de objetos. Está bien que sigan su camino.”
Solo las palabras le ganan al tiempo, y quizás también la cerámica. Lo dice bien Jorge Luis Borges en su poema “Todos los ayeres, un sueño”:
“..La sabia historia
de las aulas no es menos ilusoria
que esa mitología de la nada.
El pasado es arcilla que el presente
labra a su antojo. Interminablemente.”
Corren ya las ultimas horas de Bienal y cada testimonio parece valer en pesaje histórico. Cada artesano tiene su historia, su relación particular con el arte, y una perspectiva especifica con respecto a su trabajo. En la Bienal del Chaco cada mano importa. Y es por eso que se empeña, edición tras edición, en hacer del arte un bien de todos.





