“Por favor, tocar”: Mauricio Guajardo y la escultura que rompe con el pedestal

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La mañana indispuesta por la garua y el viento fresco no fueron un impedimento para que los escultores internacionales que, en esta edición 2026 de la Bienal Internacional de Escultura trabajan en mármol y acero inoxidable, continúen sus obras bajo gacebos y la custodia atenta de la jauría del Parque 2 de Febrero. Acercarse al predio de trabajo es sumergirse en el polvo blanco del mármol travertino, hacerse uno con el artificio, ver como los escultores descubren en la piedra al arte. Dentro de esa nube áspera e invasiva, Mauricio Guajardo fuma y tajea su obra con la praxis de un profeta del mármol.

Su obra, “Cubo Etéreo”, intenta descubrir, en sus palabras, un ultimo lugar para habitar, dejando atrapado como un suspiro al bloque que se suspende. No será ya el tiempo quien lo cambie sino tan solo las luces entre el día y la noche.

Entre la garua matinal y la polvadera que el viento traía de a rafagazos, conversamos con Mauricio sobre Resistencia y su relación particular con el arte escultórico, sobre su obra y sus propias conclusiones respecto al arte.


¿Es tu primera vez acá en Resistencia?
Sí, es mi primera vez en Resistencia. En Argentina no, por trabajo es la segunda vez. La primera fue en Unquillo (no en Buenos Aires).

¿Qué pensás de esta relación tan particular que tiene el chaqueño con la escultura, con el arte escultórico?
Me parece que en el fondo es la raíz de estos 40 años. Esa relación de generar un patrimonio fresco en una ciudad que es nueva, y mantenerlo por tanto tiempo, es bien particular.

Hicieron un recorrido el primer día por la ciudad, ¿qué opinás del contenido escultórico que hay dentro de la ciudad y cuál es tu opinión con respecto a las obras que vieron?
Me parece fantástico que esta iniciativa consista básicamente en trabajar con el público, para el público, y que las obras generalmente terminen en el espacio público y se mantengan. Hay un empuje que me imagino más grande, y un cuidado súper importante que no sabría cómo describir con palabras.

La gente respeta demasiado a las esculturas también…
Cuando uno hace obras y las instala en el espacio público, hay alguien que la hizo, está la obra, que es lo que uno reconoce, pero no existe una relación real. En este caso se puede establecer un vínculo con el espectador, que hace preguntas y hace propia la obra porque conoció al artista. Hay un diálogo muy directo. Lo veo como si fuéramos cantantes o bailarines: hacemos la performance y la entregamos, y esa conexión es súper directa.

¿Qué querés dejar con “Cubo Etéreo” acá? Cada obra va a terminar emplazada en algún lugar de la provincia del Chaco, ¿cuál es tu expectativa con respecto a eso?
Mi trabajo para espacio público tiene la particularidad de necesitar esa conexión con el público. Muchas veces las obras van sobre un pedestal y no se pueden tocar; la mía es absolutamente al revés. Ojalá se toque, se viva, se pueda sentar, que sea un escaño o una pausa en el camino.

Hay un escultor norteamericano, Calder, que hace móviles en metal, grandes piezas, y en sus exposiciones ponía “por favor tocar”, al revés de lo que dicen en un museo. Lo mío es igual.

Además, cuando uno trabaja una piedra —las que trabajo en Chile tienen 200 millones de años— habitarla genera una cercanía, una relación con ese pequeño pedazo de historia del mundo, y eso me interesa mucho.

La obra tiene que ver con esa liviandad, con la posibilidad de suspender un material súper duro y denso, y hacerlo volar un poco entre luces y sombras.

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